Lo memorable

Esperanza Peláez
ESPERANZA PELÁEZMálaga

Hay una novela de Muriel Barbery, 'Rapsodia gourmet', en la que un afamado crítico gastronómico trata de recordar, al final de su vida, un misterioso sabor de su infancia que le hizo feliz. Tras evocar muchas exquisiteces, da con aquello que despertó su interés por la comida, que resulta ser algo simple, incluso vulgar. Mi primer recuerdo relacionado con la comida, también feliz, son las manos de mi padre depositando la nata retirada de la leche recién hervida, entonces abundante, sobre una tostada, y añadiéndole sal para dármela. Es improbable que vuelva a encontrar aquel sabor, pero jamás he olvidado el placer que me produjo la leche en esa textura. Cualquier amante de la comida guarda memoria del primer plato que le hizo disfrutar de pequeño, del primer bocado especial, de las creaciones gastronómicas que le han dejado huella. Dejar huella con un plato es algo cada vez más arduo para un chef, en particular con la cocina creativa, esa donde la técnica, la necesidad de innovar y el riesgo juegan un papel tan importante. Y aun en el caso de que se logre, probamos tanto, en tantos sitios y circunstancias, que resultará difícil que aquello que nos emocionó durante unos instantes llegue a grabarse en el disco duro de la memoria, donde tendrá que competir con sabores familiares de infancia idealizados por la carga añadida de afecto e identidad, y con el siguiente descubrimiento; sea un producto, un nuevo restaurante o un menú degustación que nos sorprenda. Lo memorable tiene que ver con ese factor sorpresa, para el que, a estas alturas, agotados como estamos de volteretas y novedades, serán más efectivas la simplicidad y la autenticidad que los fuegos artificiales. El otro día volví a la heladería de mi niñez, Lauri, en Pedregalejo. Tras años resistiéndose a hacerlo, han introducido algunos sabores nuevos, pero quienes nos hemos criado con los de siempre nos mantendremos fieles a ellos. Nos siguen sorprendiendo precisamente porque no han cambiado, y nos devuelven a aquella época en la que lo sublime era algo simplemente bueno y sencillo.