Gastroconfesiones

Honrar el destino

ESPERANZA PELÁEZ

Muchos de los grandes restaurantes de este país empezaron en lugares que no favorecían precisamente su prosperidad. Un ejemplo es El Celler de Can Roca, que se ha convertido en un dinamizador del barrio a las afueras de Girona en el que los padres de los hermanos Roca abrieron su casa de comidas, aún activa, y del que ellos nunca han querido despegarse.

Recientemente he tenido ocasión de visitar el restaurante La Costa, en El Ejido (Almería), ubicado también a las afueras de un pueblo de interior que no destaca precisamente por su atractivo turístico. Para sostenerse allí, al chef José Álvarez y su equipo no les basta el reclamo de la estrella Michelin que con toda justicia ostentan. Tienen que ofrecer a diario excelencia en cocina y producto, y añadir a su excelente menú degustación gastronómico opciones de carta de la misma calidad desde la hora del desayuno hasta la noche. Funcionan ininterrumpidamente desde las 7 de la mañana hasta las 23.00 h, con la única excepción del domingo. No es novedad que, a menudo, los restaurantes emplazados en los mejores entornos no ofrezcan una cocina ni un servicio a la altura.

Tampoco estar en el mejor sitio garantiza el éxito por más entusiasmo que se ponga. Hay que acertar con la propuesta y dar calidad y servicio eficiente, y cuando ambas cosas se dan la mano, está claro que se juega con ventaja. Mientras que otras provincias tienen que recurrir a reclamos como conseguir la capitalidad gastronómica (caso de Almería este año), Málaga vive un momento dulce, incluyendo la capital, pero la gastronomía se está resintiendo en zonas como el centro. Precios impagables por locales que no siempre lo valen, dificultades logísticas para el abastecimiento, competencia basada en precios y hasta se podría decir que penalización para aquellos restaurantes que tratan de salirse de los platos más sobados para apostar por una oferta gastronómica diferenciada. La buena noticia es que haya quien lo siga intentando. Les debemos agradecimiento a esos restauradores, porque suman al destino mucho más de lo que pensamos.