La trufa o la vida

La trufa o la vida

En zonas kurdas de Irak, las trufas no tienen comparación cualitativamente con sus primas europeas, pero son muy apreciadas y fáciles de negociar

A. J. LINN

La temporada española de recolección de la trufa finalizó el 15 de marzo, y la falta de lluvias hizo que los devotos micófagos que aguardaban pacientemente para subir a las sierras en busca de una buena provisión tragaran saliva. Buscar trufas puede ser mucho más extremo en otros países, sobre todo para los buscadores de las llamadas trufas del desierto.

En zonas kurdas de Irak, las trufas no tienen comparación cualitativamente con sus primas europeas, pero son muy apreciadas y fáciles de negociar. Se pagan a sólo ocho dólares el kilo, si merece la pena en una región donde la paga diaria vale igual. Pero mientras que lo peor que le puede pasar a un buscador español es volver a casa con la cesta vacía, a su homólogo iraquí o kurdo la búsqueda le puede costar la vida.

El otro día dos amigos kurdos, Khogir y Goran, se metieron en tierra de nadie entre las líneas de la Peshmerga y las del Estado Islámico en busca de trufas. Absortos en su labor, no vigilaron sus espaldas, y no tardaron nada en convertirse en presos (números 44 y 45 del año 2019) del Estado Islámico. Tuvieron suerte, relativamente. Por ser suníes, y después de que sus familias pagaran 10.000 dólares fueron liberados. A los buscadores chiítas sólo les aguarda la hora de su ejecución, no por buscar trufas, sino por ser apóstatas. El dinero no interviene aquí. Igual que otros alimentos que no saben a nada en especial, el mito que se ha edificado alrededor de la trufa del desierto radica en sus 'míticas' cualidades. Aparte de hervirlas para hacer una sopa, la única otra opción es freírlas o comérselas en plan pinchito, con arroz y pasas. Hay otros manjares cuya búsqueda también cuesta vidas, pero se cotizan como lujos. ¿Merece la pena arriesgar todo para una cosa que se paga a dos duros?