El restaurante de dos ingenieros en Alpandeire donde casi nunca hay mesa

Llegaron de Cádiz para iniciar una nueva vida. Todo empezó cuando cambiaron su Peugeot 307 por una almazara en ruinas. Así nació la Bodeguita de la Cueva de la Higuera, un espectáculo para el gusto y la vista

Rocío y José en la entrada del establecimiento./Javier Almellones
Rocío y José en la entrada del establecimiento. / Javier Almellones
Javier Almellones
JAVIER ALMELLONESMálaga

Espoco probable encontrar mesa en la Bodeguita de la Cueva de la Higuera sin reservar, sobre todo sino se ha hecho con algo de antelación. Este pequeño restaurante, situado en el corazón del pueblo de Alpandeire, ha conseguido en los dos últimos años una inesperada notoriedad.

A pesar de contar con un salón relativamente reducido, este establecimiento es una caja de sorpresas. Que sus propietarios, Rocío Gacía y José Fornell, bautizaran a su bodeguita como la Cueva de la Higuera no es casual.

La mitad de sus muros es tierra y roca, excavadas para dejar espacio a lo que en principio iba a ser un sótano. Concretamente, es una mezcla de cuarzo y barro, por donde corre el agua en los días de lluvia, para después filtrarse un metro y medio por debajo de donde apaciblemente almuerzan sus comensales.

Arriba, imagen de la fachada del restaurante. Abajo, un mural del pueblo y clientes comiendo, previa reserva. / Javier Almellones

De esta forma, como dice Rocío, debajo del restaurante hay «un falso río» por el que se drena el agua. Gracias a ello, entre el otoño y la primavera, cuando caen precipitaciones sobre Alpandeire la Cueva de la Higuera ofrece un espectáculo excepcional.

Lo del apellido del restaurante tiene una explicación aún más sencilla. Justo en frente de la entrada hay una solemne higuera, que según dicen Rocío y José, ofrece, además de brevas e higos, sombra y tranquilidad a quienes descansan en el banco que hay justo debajo.

Pero, volviendo al interior del restaurante, son muchos más los motivos que encandilan a los clientes. Además de tener un muro excepcional, allí se cuida hasta más el mínimo detalle para crear una atmósfera única. Con madera tallada a mano se han revestido algunos de sus rincones e incluso el equipo de música. Rocío es la que «pone las ideas» y él, José, el 'manitas' de la pareja, las ejecuta.

A ello hay que unir los numerosos utensilios y herramientas antiguas que le han ido cediendo los propios vecinos. Cada pieza y cada rincón de la Bodeguita de la Cueva de la Higuera tiene un relato: El lavabo que antes fue un lebrillo para hacer chorizos, las lamparas 'vintage' hechas con el hilo que en su día ató a lechugas y tomates o un antiguo pasaplatos donde se cobija a Fray Leopoldo, el famoso beato nacido hace algo más de siglo y medio a un paso de allí.

A ello hay que unir un mural donde el visitante puede hacerse una idea de lo que es Alpandeire. Está hecho con sacos de perlitas, lo que le proporciona cierto relieve. Esto hace posible que incluso «un invidente pueda tener una impresión de cómo es el pueblo».

Pero, la fama de la Cueva de la Higuera no le viene sólo por todos estos detalles sino también por su cuidada carta, donde mandan los productos locales. En los fogones, José Fornell prepara un amplio repertorio de platos tradicionales, donde se pueden encontrar carnes de cerdo ibérico, ternera pajuna o incluso de venado, setas de cardo (o 'jetas', como las llaman allí los panditos), huevos de pequeñas granjas, quesos de cabra y de oveja o castañas. Todo ello del pueblo o de su entorno.

Entre las especialidades de la casa, están sus guisos: Desde un venado en salsa con patatas a unas carrilleras ibéricas con castañas. A ello hay que unir los distintos platos de combinados, en los que el jamón ibérico, las patatas y los huevos acompañan a setas, chorizos, filetes o incluso a unas originales masitas de salchichón a la plancha.

Arriba, interior de la Bodeguita de la Cueva de la Higuera. Abajo, quesos de cabra y oveja fundidos y un guiso de venado. / Javier Almellones

Todas estas viandas maridan a la perfección con los vinos de Ronda que guardan en su bodega. Eso sí, están acompañados de un tinto gallego de uva mencía procedente de la bodega de la familia de la propietaria.

Donde también brilla la Cueva de la Higuera es en el colofón. Los postres caseros son responsabilidad de Rocío, a la que le entusiasma la castaña del Valle del Genal. Esta gaditana de orígenes gallegos no podía imaginar que a un paso de la Costa del Sol aguardara un castañar tan grande como generoso. Por eso, especialmente en la temporada de estos frutos secos, las castañas acompañan al final dulce de cada comida. Eso sí, en la carta, el comensal no verá nunca una relación de postres fijos, ya que Rocío elabora cada fin de semana propuestas distintas y suculentas. Sólo basta mirar su página de Facebook para ver la pasión que le pone.

Una auténtica aventura

Justo en frente de la iglesia de San Antonio de Padua, conocida por sus dimensiones como la 'Catedral de la Serranía', arrancó hace seis años la aventura de Rocío García y José Fornell, una pareja de ingenieros navales gaditanos que eligieron Alpandeire para iniciar una nueva vida. Este pueblo del Valle del Genal les brindó una oportunidad para hacer de su capa un sayo. Ambos divorciados, él de Chiclana, con raíces cántabras, y ella de San Fernando, con ascendencia gallega.

Rocío García y José Fornell, propietarios.
Rocío García y José Fornell, propietarios. / Javier Almellones

Tras una visita a esta comarca, a esta pareja tan bien avenida le quedó pendiente visitar este pequeño pueblo de menos de trescientos habitantes. Cuando fueron allí encontraron una vieja almazara a la venta en la que vieron muchas posibilidades para hacer su propia casa. En lugar de comprar el inmueble, prácticamente en ruinas, hicieron un trueque. «Lo cambiamos por mi coche, un Peugeot 307», explica Rocío.

Después llegaron las obras y meses viviendo en una caravana en el pueblo mientras se terminaban. Por su formación en ingeniería supieron dar solución a la filtración del agua para hacer de una posible amenaza una fortaleza de lo que hoy es su negocio. Eso sí, lo que ahora es el restaurante tenía que haber sido el sótano de su casa. Sin embargo, una serie de casualidades hizo que montaran allí, en principio, una barra para después convertirlo en lo que es, un próspero restaurante.

Cada pieza del restaurante tiene un relato.
Cada pieza del restaurante tiene un relato. / Javier Almellones

Aunque el establecimiento abrió en 2012, Rocío y José reconocen que en los dos últimos años han conseguido un gran impulso gracias a una publicación de SUR: '16 sitios de comida buena, bonita y barata para recorrer la provincia de Málaga'. A partir, gracias a su buen hacer, se fue generando la promoción más efectiva, pero más difícil de conseguir, la del boca a boca. Sus clientes no sólo vienen de la provincia de Málaga sino de otros puntos de Andalucía o del país. Gracias a ello, desde entonces, se pueden permitir el lujo de sólo abrir durante los fines de semana y de cerrar entre junio y agosto para disfrutar de unas merecidas vacaciones.

A lo largo de esta auténtica aventura, Rocío, José y la Cueva de la Higuera también se han granjeado el cariño de sus vecinos. Este apacible pueblo malagueño ha conseguido otro atractivo más para ser visitado. El aprecio es mutuo. Esta pareja gaditana también tiene mucho que agradecer a este pueblo malagueño e incluso creen que algo ha tenido que ver a Fray Leopoldo, cuya imagen tiene un lugar muy especial en el salón de su restaurante.

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