QUESO SÍ, QUESO NO

QUESO SÍ, QUESO NO

El consumo de lácteos no nos beneficia. Somos los únicos mamíferos que siguen bebiendo leche después de destetarnos

ANDREW J. LINN

Ya es oficial. El consumo de lácteos no nos beneficia. Somos los únicos mamíferos que siguen bebiendo leche después de destetarnos. No solo la consumimos de por vida, sino que bebemos la leche de otros animales. En países como Canadá, EE UU y algunos del norte de Europa, el consumo de leche como parte integrante de la dieta habitual es cotidiano. El yogur y el queso son buenas fuentes de proteína y calcio, pero está comprobado por estudios científicos que el queso en particular contiene sustancias que inducen adicción. Los lácteos actuales no figuran en la dieta mediterránea diaria, y no hay tradición de su consumo en el sur de Europa. Hay quienes jamás beberían un vaso de leche pero se decantan por el queso, y todos conocemos a alguien que no puede vivir sin su ración de manchego a diario. Pero en lo esencial, el queso no es más que grasa láctea combinada con sodio, y los nutricionistas afirman que no debería formar parte de una dieta diaria. Como siempre, convendría comerlo con moderación, sobre todo para evitar la inflamación del intestino, que reduce nuestra capacidad de asimilar vitaminas y minerales. Como dice el refrán, «queso todos los días, pero uno al año». Apenas existe bar o restaurante en todo el territorio nacional donde no haya algún queso para ofrecer al cliente, pero en el ranking del consumo mundial quedamos en el lugar 31, por debajo de Chile y por encima de Uruguay, y con la mitad de lo que consumen los norteamericanos; una tercera parte de lo que come el país número uno, Dinamarca; y la mitad que la media de los países de la Unión Europea. No abusamos tanto, y hay singularidades como el queso de leche cruda no pasteurizada, que nos beneficia sustantivamente por su efecto sobre el desarrollo de la microbiota intestinal.