El AOVE, ¿profeta en su tierra?

El AOVE, ¿profeta en su tierra?

Las cifras cantan y lo cierto es que el consumo interior del aceite de oliva virgen extra desciende año tras año

Esperanza Peláez
ESPERANZA PELÁEZ

El consumidor actual tiende a lanzarse con avidez sobre cualquier alimento 'milagro', y si aquí lo hacemos con la quinoa o el kale, el único producto español que puede competir, y con credenciales avaladas por la ciencia, en esa liga es el aceite de oliva virgen extra. EE UU, Europa y hasta China se han vuelto locos por nuestro AOVE, y, paradójicamente, los expertos señalan que la exportación se perfila como el salvavidas del sector oleícola nacional. Nosotros llevamos consumiéndolo desde tiempos de los romanos, y hasta presumimos de él, pero las cifras cantan y lo cierto es que el consumo interior desciende año tras año. El AOVE no es profeta en su tierra. En España, el 62% del aceite de oliva que se consume es de marca blanca, y no precisamente virgen extra (zumo puro de calidad), sino refinado. El dato sale del estudio realizado por el Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada por encargo del propio sector. Compramos un aceite fabricado con unos estándares de calidad bajos, vendido a menudo por unos pocos céntimos más de lo que cuesta producirlo, y que suscita la sensación final entre los consumidores de no ser un producto por el que valga la pena pagar más del doble que por los de semillas, cuyos números suben cada año. Nuestro consumo de virgen extra se reduce, en la mayoría de los casos, a la botellita que guardamos para el desayuno o para algún aliño en crudo, porque en el otro extremo de la falta de entendimiento del producto está la alienación de su esencia. Como dice el chef Daniel García Peinado, «al virgen extra le damos un tratamiento similar al de un vino, y perdemos de vista que es un ingrediente básico de la cocina». Encima, la industria alimentaria lo utiliza a menudo de forma fraudulenta como reclamo para prestigiar productos donde tiene una presencia ridícula. Entre todos nos hemos buscado un problema. Los productores por acceder a depreciar el fruto de su trabajo, los distribuidores por su codicia de márgenes de beneficio, y los consumidores, por un mal antiguo y de difícil remedio: la ignorancia.

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