Perder los dientes

Perder los dientes

La forma de comer ha provocado, y seguirá haciéndolo, modificaciones en nuestra autonomía

ESPERANZA PELÁEZ

Tendemos a creer que nuestra especie ha permanecido inalterada desde que se produjo el salto evolutivo hacia el homo sapiens, pero, incluso en fragmentos de la cadena de tiempo tan irrelevantes desde una óptica global como el salto de una generación a otra, se observan pequeños cambios. Nuestros hijos son más altos que nosotros, manejan de forma instintiva máquinas con las que nos ha costado familiarizarnos y sus dedos vuelan sobre el teclado del móvil. Del mismo modo, la forma de comer ha provocado, y seguirá haciéndolo, modificaciones en nuestra anatomía. Refiere Bee Wilson en su interesante libro 'La importancia del tenedor', las investigaciones del antropólogo Charles Loring Brace sobre la evolución de la dentadura de los homínidos.

Pues bien, Brace descubrió, allá por la década de 1960, que la actual disposición de nuestras mandíbulas, en la que los dientes superiores encajan sobre los inferiores al cerrar la boca, es una evolución que en Occidente se remonta solo a los últimos 200-250 años, cuando se generaliza el uso del cuchillo en la mesa, que nos libró de tener que desgarrar la comida a dentelladas. En Oriente, la llamada 'mordida perfecta' es anterior debido al uso tradicional de presentar la comida cortada para comer con palillos. Actualmente, herramientas como la turmix o la Thermomix, convierten en cremas finas lo que hasta hace poco fueron elaboraciones con texturas masticables, por ejemplo nuestra salsa de almendras o el ajoblanco. Más de una vez, comiendo estos platos en restaurantes actuales, historiador y gastrónomo Fernando Rueda ha exclamado: «¡Al final no vamos a necesitar los dientes!».

Porras y gazpachos ultra refinados, ensaladillas rusas con la patata majada o hecha puré, batidos y zumos donde metemos todas esas verduras que no queremos masticar o degustar, y carnes cocinadas en Roner que se deshacen con la lengua, se han colado en nuestro día a día dejando lo masticable reducido a un toque 'divertido', eso que de forma cursi llamamos «el crunch». ¿Nacerán nuestros biznietos sin dientes y con dedos pulgares extra largos?

 

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