El nutricionista: Glutenfobia

¿Qué consecuencias tiene hacer una dieta sin gluten sin necesitarla?

GABRIEL OLVEIRANutricionista

El otro día fui a echar leche en el café y en el cartón ponía: «No contiene gluten». ¿Desde cuándo se podría sospechar que la leche, sin más procesamiento que la uperización, pueda tener gluten? La etiqueta, como tantas, roza el absurdo y es un signo más de la ‘glutenfobia’ que se ha instalado en nuestra sociedad de la mano de famosos, famosillos, medios de comunicación y redes sociales, y realimentada por algunos médicos, dietistas y pseudoprofesionales de la salud que han encontrado en el gluten el nuevo mal al que culpar de gran parte de nuestras enfermedades reales o inventadas.

Lógicamente no me refiero a la enfermedad celíaca (EC), que es una intolerancia permanente al gluten que produce, en individuos predispuestos genéticamente, una lesión grave en la mucosa del intestino delgado, con síntomas importantes en el aparato digestivo y en otros órganos y aparatos. El diagnóstico de la EC en Europa se da entre uno de cada 2.500 y uno de cada 1.000 sujetos; no obstante, se piensa que, si sumamos las formas que dan pocos síntomas y los no diagnosticados, la prevalencia real podría llegar incluso al 1% de la población (hasta el 2% en los países nórdicos). En estos pacientes, una vez diagnosticada la enfermedad, el tratamiento indispensable consiste en seguir una dieta estricta sin gluten de por vida, ya que hasta el consumo de pequeñas cantidades de forma continuada puede dañar el intestino, provocando alteraciones incluso en ausencia de síntomas claros.

Si la EC afecta como muchísimo al 2% de la población, ¿por qué cuando se realizan encuestas a personas sanas contestan que hasta el 30% está haciendo una dieta sin gluten? ¿Qué lleva estas cifras tan exageradas?

Existen dos explicaciones. Una, el sobrediagnóstico de una nueva entidad que se denomina ‘sensibilidad al gluten no celíaca (SGNC)’ y dos, la asignación de propiedades saludables no contrastadas clínicamente a la dieta sin gluten en personas sanas.

La SGNC es una entidad clínica en la que un paciente sin celiaquía tiene síntomas (generalmente digestivos) con exposición al gluten y éstos desaparecen al eliminarlo. Se piensa que la prevalencia podría ser del 1 al 6% de la población; estas cifras tan variables dependen de que los estudios están realizados con diferentes criterios diagnósticos, muchas veces no validados, lo que impide conocer realmente la entidad del problema. Todo ello facilita el ‘sobrediagnóstico’ y, especialmente, el autodiagnóstico de personas que no consultan a un profesional sanitario antes de tomar la decisión de retirar el gluten de su dieta.

Un 30% de personas sanas afirman seguir una dieta sin gluten

Por otro lado, casi el 40% de las personas que compran alimentos sin gluten, sin estar diagnosticados de una SGNC o EC, lo hacen por razones tan variopintas como «para perder peso», «porque es más saludable», «porque disminuye la depresión o la inflamación»... Ninguna de ellas está demostrada, desde luego, en población sana.

¿Qué consecuencias tiene hacer una dieta sin gluten sin necesitarla? Vaya por delante que se puede vivir perfectamente sin gluten, alcanzar todos los requerimientos nutricionales y llevar una vida saludable, especialmente si no se emplean productos «elaborados sin gluten». No obstante, también hay que recordar los beneficios de incluir alimentos, en el contexto de una dieta saludable (como la mediterránea), a base de trigo, cebada o centeno (todos ellos con gluten), especialmente si son integrales o de grano entero, sobre la salud del intestino, la ecología de bacterias intestinales, el aporte de nutrientes, la menor subida del azúcar en la sangre o la prevención de enfermedades cardiovasculares, entre otros. Por el contrario, los productos elaborados sin gluten, con frecuencia, tienen baja fortificación en vitaminas y minerales o fibra, aportan un exceso de calorías, de azúcares simples y de grasas no saludables respecto a los estándar. Todo ello se ha asociado, en estudios clínicos, a un incremento del riesgo de padecer diabetes, enfermedades cardiovasculares o incluso, anecdóticamente, a presentar mayores niveles de tóxicos y metales pesados. En casos extremos, se han producido muertes de bebés por desnutrición, porque los padres (propietarios de una tienda de productos ‘naturales’ en este caso) diagnosticaron intolerancia al gluten y a la lactosa. Por último, la dieta sin gluten es molesta de seguir en nuestro ambiente cultural, es especialmente costosa y provoca, con frecuencia, efectos negativos sobre la dinámica socio-familiar, sobre la calidad de vida y la autopercepción de salud e incluso puede enmascarar otros problemas (como los trastornos alimentarios).

Tanto la ‘glutenfobia’ como la ‘lacteofobia’ no son más que síntomas de una sociedad enferma que simplifica demasiado en dos tipos de alimentos: a saber ‘los buenos’ y ‘los malos’ con una visión pseudomágica en pos de una teórica ‘alimentación sana’. Por favor, un poco de sentido común que, como saben, es el menos común de los sentidos.

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