Si esta semana necesitan algo de Gonzalo Rojo, búsquenlo en Calle Franquelo, 4; en la sede de la Peña Juan Breva, la peña flamenca con más solera de Andalucía, de la que se precia en ser uno de los socios más veteranos y actual presidente. «Este año, con la crisis, no montamos caseta en la Feria del centro. Nos quedamos en casa y allí recibiremos a quien tenga el gusto de venir», explica Rojo.
Este coíno inquieto se convirtió en un pionero de la especialización periodística cuando, allá por los años sesenta, su jefe en Radio Juventud le propuso que llevara un espacio de flamenco que, con el tiempo, llegaría a tener una programación continua de 24 horas y difusión nacional, igual que en prensa escrita inauguró otra página decana, Oído al cante, en este diario. «Pocos saben que la primera emisora de flamenco en España transmitía desde Málaga». Lo dice sin nostalgia ni resquemor, pero recalca que, si un día el poeta Antonio Machado se refirió a esta ciudad como «Málaga cantaora» no fue por buscar un piropo, «sino porque Málaga ha dado grandes figuras del flamenco y muchos cantes propios, cosa que en otros sitios no ocurre».
Málaga cantaora
¿Qué fue de la ‘Málaga cantaora’? «No fue; sigue siendo, aunque es cierto que muchos de los lugares, de las formas de vida, ambientes como los de los corralones, donde el flamenco era una expresión natural, se han perdido. Pero el flamenco sigue teniendo vitalidad, lo que pasa es que ‘los que nos cuidan’ [las autoridades] no lo han ensalzado ni mimado como un patrimonio. Y te pongo un ejemplo: En Córdoba, en La Noche en Blanco, toda la programación musical está dedicada al flamenco. Este año se programó flamenco en 32 escenarios distintos de la ciudad, y aquí en Málaga, nada de nada».
Siendo un hombre que ha dedicado su vida a recuperar y mantener para las generaciones venideras la memoria de un arte, venía a cuento citarlo en el Restaurante Málaga, el más antiguo de la ciudad, sometido a una cuidadosa restauración. Al llegar al comedor, Rojo se fija de inmediato en la vieja y hermosa gramola que lo preside, y el personal le informa de que funciona perfectamente. «Nosotros en el Museo Flamenco Juan Breva tenemos una colección de 3.500 placas de pizarra; están casi todas las primeras grabaciones del flamenco», informa.
Me llama la atención que, al sentarnos a la mesa, Rojo tararee la melodía de la cancioncilla pop que suena en el hilo musical. «Bueno, a mí me gustan muchos tipos de música. Tchaikovsky, por ejemplo, me acompaña durante horas mientras escribo». Llega el momento de concentrarse en la carta. Entrevistado y periodista acuerdan unos entrantes para compartir atendiendo a las sugerencias del maître. «Un poco de jamón no puede faltar», recuerda Rojo. Bien. Pues jamón, pastel de boquerones y pimientos y atún en manteca para el centro de la mesa. Luego, Gonzalo Rojo se decanta por el atún marinado y la periodista por el pulpo con ali-oli de frutas. Él bebe vino tinto.
«El tinto lo prefiero hasta para las juergas flamencas», explica. ¿Y qué es lo imprescindible para picar en esas ocasiones? «Pues jamón, queso, aceitunas y una copa de manzanilla o el vino que uno prefiera». El saber enciclopédico de Rojo se extiende también a la cocina del flamenco. «Claro que hay una cocina del flamenco. Félix de Utrera la recogió un libro magnífico; La cocina flamenca. Y Manolo Caracol tuvo en la calle Barbieri de Madrid su mítico tablao Los Canasteros, donde se daban comidas, y él mismo tenía también una relación particular con la comida», dice Rojo.
Muchos de los gustos se forjan en la infancia, y Gonzalo Rojo le reconoce a su padre, practicante de profesión, el haberle metido el gusanillo del flamenco durante su niñez en Coín. «Allí había mucha afición y a él le gustaba llevarme con sus amigos a escuchar», recuerda. Coín era entonces un pueblo pequeño, cuyas costumbres estaban regidas por los ritmos del campo. «La comida fuerte era la cena. El puchero era diario, y también recuerdo con cariño un plato de mi madre que hoy ya se ha perdido; las sopas cachorreñas, una comida humilde».
Coín pronto se le quedó pequeño a un joven con ansia de aprender. «Hay gente a la que le gusta escuchar el flamenco, pero yo además quería estudiarlo», dice. Cincuenta años después, anda enfrascado en un nuevo estudio, esta vez sobre el flamenco en la prensa desde 1830 a 1936.
La Peña Juan Breva, recién fundada cuando él llegó a Málaga, se convirtió en el lugar idóneo para ser testigo de muchos momentos de historia viva del flamenco. «Recuerdo en la peña Manolo Caracol, a Pilar López, a Pastora Imperio sentada en una silla, siguiendo con los brazos la música, porque el baile de mujeres siempre fue de brazos, aunque ahora muchas bailaoras se empeñen en clavar zapateando todos los clavos del escenario».
Partidario de la pureza, pues. «Desde luego, incluso a costa de que a veces nos llamen retrógrados a los que la defendemos. El flamenco no es una pieza de museo; es un arte vivo y en evolución constante, pero tampoco se le puede llamar flamenco a todo. Hay cosas que están muy bien pero no son flamencas, así es como yo lo veo».