Diario Sur
Málaga en la Mesa

Julius Biernet: «Lo único que hace falta para cocinar son ganas y cariño»

Julius Biernet.
Julius Biernet. / Daniel Maldonado
  • «La cocina como lugar de encuentro es algo que no se va a perder nunca», asegura el presentador del programa ‘Los 22 minutos de Julius’

Podría sonar a premonición que Julius Biernet (Mallorca, 1978) se formara como cocinero en la escuela de Karlos Arguiñano, pero fue casualidad. Tampoco pensó, al presentarse a un casting de Canal Cocina en 2006, que dejaría la vida nómada para echar el ancla en Madrid, la ciudad donde se crió, y que diez años después el programa ‘Los 22 minutos de Julius’ seguiría siendo un éxito en España (y ahora en Latinoamérica). Compartiendo una caña y un plato de jamón en la barra de La Reserva del Pastor, restaurante ‘bandera’ de Canal Cocina en Málaga («esto es mi casa»), se descubre el secreto de su éxito: mantener la frescura, la espontaneidad y la bonhomía también frente a la cámara.

–¿Cómo nace ‘22 minutos’?

–El formato fue idea de Mandi [Ciriza], la directora de Canal Cocina. Querían hacer un programa de recetas para ‘jóvenes, solteros y gente con prisa’, y yo, que llevaba una vida bastante viajera, trabajando en invierno en Los Pirineos y en verano en sitios de playa, me presenté por probar y me cogieron.

–Tres platos en 22 minutos es un reto constante...

– Sí, pero en realidad el objetivo es que la gente se anime a cocinar, incluso quien no haya cogido una sartén en su vida. Lo que transmitimos es que en muy poco tiempo se pueden hacer platos sencillos, ricos y económicos, y la sorpresa para nosotros fue que desde el principio tuvo una respuesta importante, y no solo por parte de jóvenes, sino de todo tipo de público.

–¿Qué hace falta para cocinar?

–Lo único que hace falta para cocinar son ganas y un poco de cariño. Con eso tienes más que suficiente para empezar, y en mi caso, me apaño muy bien con una sartén y un cuchillo afilado. Cada cual tendrá sus herramientas favoritas, pero cocinar puede hacerlo cualquiera. Cuando ves en la tele a un chef con chaquetilla se crea una distancia, en cambio, ves a un tipo como yo con delantal y platos fáciles y dices: «¡eso puedo hacerlo yo!».

–¿Es usted el relevo generacional de Arguiñano?

–¡Hombre, Arguiñano es Arguiñano! Él es único y son palabras mayores, y hay otros compañeros que han seguido y siguen esa labor. Por generación, me comparan más con Jamie Oliver, que ya quisiera yo, por lo grande que es y por la labor social que ha hecho para mejorar la alimentación y la vida de la gente en su país.

–Un alma inquieta anclada diez años en Madrid. ¿Trama alguna escapada?

–Escapada no, porque me gusta mucho lo que hago. ‘22 minutos’ me ha dado satisfacciones como que me escriba una chica diciendo que su novio, que no había cocinado nunca, le hizo un menú mío para pedirle matrimonio. Eso no está pagado. Pero es cierto que me encanta viajar, y estoy ahí con un proyecto que es como un ‘Frank de la jungla’ culinario. Caes en un sitio, vas a mercados, cocinas con la gente en su casa... Hemos estado grabando en el Sudeste asiático y ahora nos vamos a Latinoamérica.

–En un mundo donde puedes comprar comida hecha casi a tu medida, ¿qué futuro tiene la cocina?

–El futuro de la cocina se llama inteligencia artificial. Los cocineros seremos cada vez más programadores de máquinas que harán la comida que tú quieras, pero aun así pienso que la gente seguirá cocinando por gusto y para vincularse. La cocina como lugar de encuentro creo que no se va a perder nunca.

–¿Qué no cocinaría en 22 minutos?

–Una auténtica fabada asturiana, que es mi plato favorito, una pata de cordero al horno...

–¿Y qué no comería por nada del mundo?

–Bueno, yo soy de comer lo que me pongan, pero en el viaje a Asia me superó el ‘balut’, ese huevo de pato con el embrión dentro. No pude.

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