Diario Sur
Málaga en la Mesa
Ya no sé qué comer

Ya no sé qué comer

Para los periodistas que añoramos tiempos mejores, proyectos como The Conversation son una fuente de agua fresca, pero a veces una mirada detenida a la realidad como la que ofrecen los artículos de este singular sitio web hace complicado tomar partido, y después de leer a Wayne Martindale, especialista en optimización de recursos alimentarios, ya no tengo claro hacia qué dieta decantarme.

Como tantas personas henchidas de preocupación por la salud y el futuro del planeta, llevaba un tiempo comiendo menos carne y pescado y más legumbres. Ya se sabe que una vaca gasta mucha más agua y emite más metano que su peso en garbanzos, y con el forraje del que se alimenta podrían llenarse muchos platos de comida.

Pero llega este señor y lo pone todo patas arriba. Resulta que un campo de arroz también es una peligrosa fuente de gases de efecto invernadero, al igual que lo es la combustión del queroseno de los aviones que transportan por todo el mundo la mayoría de cereales, legumbres, frutas y verduras que comemos a diario. Pero resulta, además, que plantaciones como las de aguacate de México, por poner un ejemplo, están terminando con lo poco que quedaba de selva tropical allí, y que si nos da a todos por comer garbanzos o habichuelas o lentejas, vamos a hacer que se multipliquen los precios en sus países de origen, donde la población, como en India, depende de estos granos para no pasar hambre. ¿Pero cómo? ¿Que algo tan hispánico como los garbanzos y las lentejas viene de fuera? Pues sí. Acabo de levantarme de la silla para darle la vuelta al paquete de legumbres de una marca gaditana que compro y ¡sorpresa! En letra ilegible para mí a estas alturas sin gafas de cerca, pone que las alubias pintas que tengo en remojo vienen de Argentina. Ganas me dan de correr a comprarme un filetazo, y lo haría de no ser porque sospecho que el pienso que habrá comido el bicho vendrá de cultivos insostenibles en la otra punta del planeta.

Leo y releo artículo tras artículo de Mr. Martindale buscando hacer lo correcto. ¿Qué demonios comemos? Él recomienda algo lógico: optar por alimentos de temporada y de cercanía (siempre, claro está, que podamos rastrear su origen incluso si la empresa productora está radicada en nuestro entorno), y aun así, comprar las cantidades justas que vayamos a consumir, porque tirar cada semana pimientos verdes o plátanos que se hayan quedado pochos también es despilfarrar y contaminar. Y propone el consumo de vegetales congelados, que tienen una vida más larga. Todo muy interesante, pero no del todo tranquilizador, porque la globalización de la agricultura comenzó ya en tiempos de Roma Imperial, cuando el trigo de la región se quedó corto para alimentar una población de (entonces) un millón de almas. Qué dilema. Dudo entre coserme la boca, rezar para que la ciencia alcance la generación espontánea de alimentos o lo que me queda, dedicar el doble de tiempo y concentración a la compra.

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