Málaga en la Mesa

Sexo y vino

La unión sexo y vino ha jugado un gran papel en el arte y literatura. En la asociación entre Venus y Baco, que tan bien interpretaron Ovidio, Propercio o Apuleyo en la antigüedad, el vino simboliza un mágico filtro capaz de desatar instintos y provocar arrebato pasional. No en vano la palabra filtro procede del griego philéo; ‘amar’.

En el ritual del amor el vino desempeña una importante función, al despojar al hombre del ropaje social y cultural que lo recubre y devolverlo a la desnudez de sus instintos. Ya advirtió el Arcipreste de Hita que «Como dice Aristóteles, cosa es verdadera,/ El mundo por dos cosas trabaja: la primera,/ Por haber mantenencia; la otra cosa era/ Por haber juntamiento con hembra placentera».

Por la época del Arcipreste, el poeta inglés Chaucer nos prevenía en sus Cuentos de Canterbury de los efectos negativos del vino en el solaz amoroso, pues «provoca el deseo, pero impide la ejecución». Advertencia que más tarde recogería Shakespeare en Macbeth, cuando Macduff pregunta al portero: «Qué es la bebida?». Responde el portero: «¡Pardiez!, señor; enrojecimiento de nariz, modorra y orina. En cuanto a los apetitos amorosos, los provoca y los desprovoca, provoca el deseo, pero impide la ejecución».

Byron, en su Don Juan, sugiere que la moderación en la bebida podría favorecer el esparcimiento carnal: «Un refrigerio ligero induce más al amor:/ Baco y Ceres fueron, como ya sabemos/ (Desde que dejamos la escuela) viejos amigos/ de la gratificante Venus, endeudada con ellos/ por la invención de las trufas y el champán; la templanza/ la complace, pero un largo ayuno fastidia».

El arte y la literatura de Francia prestó poca o nula consideración a las consideraciones morales sobre la bebida, pues hasta el ponderado Montaigne no veía incompatibilidad alguna entre el vino y el amor. Como tampoco la vio el holandés Vermeer en sus cuadros El oficial y la muchacha que ríe o El gentilhombre y la dama bebiendo vino que ilustran los efectos liberadores del vino sobre el pudor.

Para Nicolás Poussin los amores de Baco y Ariadna se libran en orgías y bacanales. Amores, bacantes, faunos y sátiros reaparecen en los cuadros de Boucher, Lancret o De Troy en escenas de un libertinaje aristocrático, en las que nunca falta una botella junto a la cama o el diván. El sexo y el vino lo festejan y aplauden Andrea de Nerciat en Felicia, Mirabeau en El libertino de calidad o Nicolás Réstif de la Bretonne en Le Pied de Fanchette. El marqués de Sade creía que sólo unos amantes embriagados podrían alcanzar el máximo placer. Beaumarchais en Las bodas de Fígaro advierte a una señora que «beber sin sed y hacer el amor a todas horas es lo único que nos distingue de otros animales». La palma de la perversión se la llevaron los monjes de Sainte-Marie-des Bois, carceleros de la desdichada Julieta, al inventar el cóctel sensual por excelencia, pues creían que la sensualidad más refinada sólo se lograba combinando el vino con los humores del cuerpo femenino, llegando incluso a la coprofagia. El sensato y juicioso Montesquieu no fue ajeno a estos desmanes y en su enciclopédico Ensayo sobre el gusto, señaló que éste consiste «en la ventaja de descubrir con finura y prontitud la naturaleza de los placeres que cada cosa debe dar a los hombres».

En la época romántica el vino y el amor fue también objeto de apasionados versos, aunque el gran poeta romántico francés Alfred de Musset no solía recurrir a la ternura o líricos requiebros a la hora de aparearse con su amada Julia, sino que requería vino de España: «Julia ¿tienes vino de España?/ Ayer fue emocionante;/ Vete a ver si queda todavía. /Julia, tu boca está quemante;/ Inventemos, por tanto, una locura/ Que nos haga perder / Del alma y cuerpo la cordura».

La eterna relación del vino y el amor la esculpiría Valle-Inclán con el excelso cincel de su prosa estética y erótica en el relato «Augusta» de su Corte de amor:

«Los Salmos paganos parecen escritos sobre la espalda blanca y tornátil de una princesa apasionada y artista, envenenadora y cruel. Galante y gran señor, el poeta deshoja las rosas de Alejandría sobre la nieve de divinas desnudeces, y ebrio como un dios, y coronado de pámpanos, bebe en la copa blanca de las magnolias el vino alegre y dorado, que luego en repetidos besos vierte en la boca roja y húmeda de Venus turbulenta».

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