Málaga en la Mesa

¿Qué me pongo?

A contracorriente de los usos y costumbres, Andalucía en general y Málaga en particular han quedado en ridículo en cuestión de forma de vestir para salir a un bar. No hay rincón del mundo al que no llegara la noticia de que un bar en la malagueña calle Mármoles había tenido que colocar un cartel prohibiendo la entrada 'a toda persona en pijama o bata'. De Singapur hasta San Petersburgo el comentario era, «¿Los españoles salen a tomar café sin cambiarse la ropa de cama?». Hecho más chocante aún cuando en teoría los andaluces tienen fama de pasearse por la calle elegantemente ataviados, mientras que en Nueva York o en Londres se acostumbra a ponerse cualquier cosilla para bajar a la tienda de la esquina. Sabemos que hay establecimientos que no permiten el acceso a personas incorrectamente vestidas, y restaurantes que disponen de una selección de corbatas «por si el señor se la hubiera olvidado». En cuestión de pantalones el arreglo es más difícil. Recuerdo que una noche en La Meridiana de Marbella entró una pareja joven, él con pantalones cortos. Todo el mundo lo miró con recelo, aunque nadie se atrevió a llamarle la atención. Para agravar la fechoría, ese mismo 'señor' fue visto bailando en La Notte más tarde. Mientras que los representantes de algunas profesiones no gozan exactamente de fama de bien vestidos (por ejemplo, los periodistas), los cocineros tienen normas establecidas por exigencias sanitarias... Supuestamente. Hace poco, el experto en higiene alimentaria Ángel Caracuel recordaba en este suplemento sobre los criterios impuestos por la UE al respecto: usar batas de tonos claros, preferiblemente blancas, llevar la cabeza cubierta y jamás pisar la cocina con calzado de calle. En la página de al lado, en un reportaje sobre un conocido restaurante, aparecía una foto del cocinero y su asistente: ambos iban vestidos de negro, con las cabezas descubiertas y calzando zapatillas de deporte. Olé.

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