Málaga en la Mesa

La vuelta a Málaga de Jorge Ordóñez, el rey del vino español en EE UU

Ordóñez sirve una copa de su Botani espumoso en los viñedos de moscatel de la Axarquía.
Ordóñez sirve una copa de su Botani espumoso en los viñedos de moscatel de la Axarquía. / SUR
  • El importador y bodeguero se centra en sus proyectos enológicos con el objetivo de conquistar el mercado nacional

Viéndolo calzarse botas de trekking en el otoño amable de Málaga para internarse en el viñedo de la Axarquía, donde cultiva la uva para sus vinos de moscatel, Jorge Ordóñez parece más un chaval encantado ante la perspectiva de un día de excursión que el triunfador del sueño americano, el «rey del vino español en EE UU» que describen crónicas periodísticas (más abundantes por cierto en inglés que en español). En una, Michael Schachner, editor de Wine Enthusiast Magazine, se retrotrae al invierno de 1987 y a un Jorge Ordóñez de 29 años recién llegado a Boston, enfrentado por primera vez a la penosa tarea de retirar a paletadas la nieve de la puerta de su casa. Acababa de llegar para probar fortuna en la empresa de vender vino español en Estados Unidos.

Vender vino porque era el negocio que había aprendido de sus padres. «Mis padres tenían una distribuidora. Traían a Málaga vinos de La Rioja, que al principio llegaban en barricas y había que embotellar y etiquetar a mano. Los hijos ayudábamos en nuestros ratos libres, y antes de irme ya trabajábamos mi hermano Javier y yo a tiempo completo. Yo creía que como en la Costa del Sol tratábamos con extranjeros, iba a saber manejarme en Estados Unidos».

Pero en aquel invierno de Boston, al joven malagueño poco acostumbrado al frío le tocó retirar muchas paletadas de nieve; de la puerta de su casa y de las puertas de los potenciales clientes. «Entonces llegaba de España poco vino y mal tratado. Los blancos no existían, y un tinto de crianza podía venderse a cinco dólares la botella. Teníamos una imagen horrible», resume Ordóñez.

Él llevaba un catálogo exiguo. «Habían confiado en mí una bodega de Rioja, una navarra y una de cava, y yo aposté también por la uva garnacha de Aragón. Aunque en ese momento ilustres prescriptores nacionales aconsejaban arrancarla, en España en 1987 había más garnacha que tempranillo, y además era una uva conocida en el mercado estadounidense, porque los franceses la habían introducido», explica.

Fundir la nieve

Un año después lograba vender su primer contenedor de vino. Había encontrado la fórmula mágica para fundir la nieve, no la de la puerta de la casa, pero sí la de los compradores: calidad y diferenciación. «Mientras que España es un mercado 'marquista', en Estados Unidos el consumidor es más abierto; se deja aconsejar por el vendedor, pero a la vez es más cultivado y exigente», resume Ordóñez.

El catálogo empezó a crecer. En el año 89 exportó su primer Priorato, y en el 91 se atrevió con los blancos y apostó por un albariño, Martín Códax, «que entonces aquí no conocían ni las ratas». Fue el inicio de un constante ir y venir de EE UU a España buscando zonas olvidadas, uvas y terruños con carácter. Vinos capaces de sorprender.

Una década después de aquel invierno gélido de Boston, Ordóñez vendía en Estados Unidos vinos de 70 bodegas españolas, incluso de lugares como Mallorca, Canarias o País Vasco, zonas donde el consumo era apenas local. El gran gurú internacional del vino, Robert Parker, bendecía sus experimentos con notas de sobresaliente en las páginas de The wine advocate. Bodegas grandes y pequeñas llamaban a sus puertas, y la batalla se centró en mantener la calidad y lidiar con los precios, que crecían con la demanda.

Laboratorio y frío

«Empecé a analizar los vinos en laboratorios equipados con maquinaria para análisis clínicos. Había que evitar problemas como la reducción, las contaminaciones, las bacterias... Eso me llevó a aprender mucho más sobre vino. Otro problema era que el producto se deterioraba en el viaje. Para solucionarlo inventamos el transporte integral refrigerado», repasa.

En la nave de Bodegas Jorge Ordóñez del Polígono Industrial de Vélez-Málaga, donde produce vinos bajo las D. O. Málaga y Sierras de Málaga, ha habilitado un enorme almacén frigorífico. La obsesión de que sus vinos lleguen a la mesa en condiciones óptimas le lleva a trajinar con una voluminosa nevera portátil que su personal transporta no solo a las catas profesionales, sino incluso al restaurante de pescado donde termina el encuentro con la periodista. También lleva sus propias copas, lavadas con agua destilada. El afán por controlar calidad, evitar la escalada de precios y relanzar uvas olvidadas es lo que hace que el hombre admirado en EE UU por haber vendido en los últimos 15 años seis millones de botellas al año de vino español se esté calzando esta mañana botas de trekking para abordar las vertiginosas laderas de pizarra de la Axarquía donde cultiva moscatel y garnacha tinta para sus vinos malagueños. «Hay que bajar con los pies de lado, ¡ojo!», advierte. «El año pasado se nos despeñó una burra en aquella ladera...».

Ordóñez ha cambiado los despachos por los viñedos (felizmente para él, a juzgar por el aspecto más enjuto y la piel más bronceada que en las fotografías de hace algunos años) para reorganizar las bodegas donde produce sus propios vinos en 14 denominaciones de origen en España, controlando el proceso desde el campo hasta el embotellado. «He reducido la cartera de bodegas en EE UU y estoy empeñado en que mis vinos se conozcan y se vendan también en casa», explica. Profeta en la propia tierra, un empeño no siempre fácil, pero en palabras de Juan Antonio Lara, gerente de Lara Selección, distribuidor del Grupo Jorge Ordóñez & Co. en Málaga, «los vinos de calidad se aprecian en todos los mercados». Y si en vez de quitar nieve hay que andar entre cepas, tanto mejor.

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