Málaga en la Mesa

Hoy comemos con Silvia Pérez Cruz

Silvia Pérez acaba de ganar el premio a la mejor banda sonora en el Festival de Cine de Málaga.
Silvia Pérez acaba de ganar el premio a la mejor banda sonora en el Festival de Cine de Málaga. / Álvaro Cabrera
  • 'En la cocina se nota el amor de las personas'

Estoy en el restaurante Batik con Silvia Pérez Cruz (Palafrugell, 1983). Acaba de ganar el premio a la mejor banda sonora en el Festival de Cine de Málaga. Aunque lleva encima once aviones y cuatro países en pocos días, no se le nota. A nuestras espaldas, el mediodía sin nubes convierte en espectáculo el monte de la Alcazaba. Me contaba en otra entrevista de esta sección el contrabajista Javier Colina que los músicos se destacan por la memoria musical que guardan. La de Silvia es vasta y antigua. «Qué hacía yo de niña cantando Alfonsina y el mar, una canción de mayores. Pero Mercedes Sosa me arrebató. Soy lo menos hipster del mundo. Mi repertorio está hecho de canciones que me emocionan», reconoce. Un alma vieja en un cuerpo de mujer que sobre el escenario logra que la gente la vea como hija, madre, amiga, hermana, novia, niña. Su voz es una de esas voces sanadoras que nacen para ser eco de todos.

Mientras hablamos de sus inicios con grupos como Las Migas o Anacaona, y de la sorpresa del recibimiento en el Festival, nos sirven papitas bravas, untareo de foie, la exquisita pastela de cordero sobre ensalada nazarí y rollitos vietandaluces (pollo tandori con salsa de yogur y curry). Pide un zumo. No hay tanto pan es una de las canciones más pegadizas de su nuevo disco, Domus, donde se recoge la banda sonora que compuso para la película Cerca de tu casa, que también ha protagonizado. Ese pan que intentan dejar sin hogar los banqueros y chorizos desalmados nos lleva a las alacenas de su memoria: «Hablamos de comida y me viene a la memoria mi padre y eso que no recuerdo que cocinara».

Música y sabores

Silvia tenía un padre gallego que, como la Amanda de Víctor Jara, trabajaba en una fábrica, pero tenía alma de músico. Tocaba la guitarra y cantaba e investigaba canciones antiguas. Durante los veranos iba con el grupo de papá a tocar en las tabernas. Se comunicaba con él cantando. «Aprendí que podía decir cosas sin hablar. Aunque la que me cría es mi madre, y la que me da la educación musical reglada y la libertad, yo cantaba y tocaba con mi padre», recuerda. «A mi padre le encantaba el queso. Y me hizo con cuatro años el ritual de 'presentarme al queso'. Un momento sagrado. Me lo puse en la boca y no me gustaba nada, pero me di cuenta de lo importante que era para él e hice el papel. ¡Mmmhh! Cuando se dio la vuelta lo escupí...».

-O sea, que hiciste muy de niña tu primer trabajo de actriz.

-Jajaja, pues sí. Pero hasta esta peli sólo había hecho la función del cole. Aún no sé qué recursos tengo como actriz, aunque he pisado tablas. Me veo cantando «Soy huerfanita...» con cuatro años y la gente callada. Soy consciente del poder curativo de la música. Hay algo místico con lo que me conecto cuando canto, aunque intento romper todo el rato el poder que te da eso».

Con su padre también probó los erizos. «Pensé, ¡hostias, esto es de mayores!». Hoy los adora. «Es como comerme el mar», dice. «Y con el pescado... un rodaballo, me acuerdo de él quitando esos granitos que hay junto a las espinas con tanto mimo... Mi padre me enseñó a valorar los detalles». Silvia homenajeó a su padre, muerto hace seis años, en un disco emocionante, 11 de noviembre.

Y luego está la cocina de las mujeres. La de su hermana mayor, que es escultora y ahora hace postres para un restaurante familiar. La de su hija Lola, con quien se divierte haciendo pasteles. Pero, sobre todo, las de su madre y su abuela. Su madre, Gloria Cruz, de voz hermosa, historiadora del arte, dejó las clases a COU para montar la academia Alartis de expresión artística. «Nos enseñó a mirar, a expresarnos y a ser. Con el tiempo me he dado cuenta de lo personal y valiente que era ese proyecto. Hacíamos exposiciones, conciertos. Unos días pintábamos con fruta, otros días con chocolate y azúcar. Ver gente expresándose a través del arte era la felicidad». Silvia vuelve a los fogones y describe «el arroz negro de mi tierra ampurdanesa, que no se hace con tinta, sino que se ennegrece con el sofrito de la cebolla. O el caldo de la escudella, que en momentos de crisis te salva la vida».

-Parece que le gusta hablar de comida...

-Es que me gusta mucho comer. Me emociona mucho la gente que sabe cocinar. En la cocina se nota el amor de las personas.

Muy dotada para la metáfora, usa una culinaria para definir su participación en un concierto homenaje a La leyenda del tiempo: «Yo cantaba tres cancioncitas en medio de un concierto de ese animal del cante que es Duquende. Al principio no sabía bien qué hacía allí. Hasta que entendí que yo era el sorbete de limón de una carta donde él era el entrecot». La ganadora del Goya a la mejor canción por la película Blancanieves puso también la voz en la banda sonora de una película sobre cocina. El somni de El Celler, muestra el proceso de más de 40 artistas trabajando en colaboración con los hermanos Roca en El Celler de Can Roca para crear una cena que es una ópera culinaria. «El Pitu Roca me propuso cantar en unos espectáculos que monta alrededor de las catas de vino. Un día me puso no sé qué de castañas y me hicieron conectar con mi abuela gallega. Los grandes cocineros logran que hagas viajes emocionales a lo ratatouille. Te puede hacer reír o llorar. Para la música aprendo de todos los detalles. La cocina me inspira. Y he llorado de emoción comiendo».

Parece que nos invita a cenar a su casa.

Con la vida de artista, tan nocturna, es difícil alimentarse bien...