Pan para mañana

El mundo en la mesa

A . J. LINN

La señora Kistler ha vivido en el mismo barrio del sur de California durante 22 años. No conoce a ningún vecino, a pesar de haber adoptado la sana costumbre de llevar un pan recién horneado a la casa de los recién llegados como ofrenda de bienvenida.

Su generosa iniciativa jamás ha dado fruto. Tras ocho años y cientos de barras de pan, sigue sin poder comunicarse con nadie. «Llamo a la puerta, entrego el pan, me dan las gracias y cierran la puerta. Jamás me invitan a pasar, ni preguntan quien soy». Su frustración le llevó a dejar una nota en los buzones de 12 casas colindantes invitando a los vecinos a tomar café un día. Puso donuts, fruta, café y . Acudieron seis personas, tomaron té y café, dejaron intactos los donuts y la fruta y a la media hora se fueron. No ha vuelto a saber nada de ninguno de ellos.

Sabemos que muchos estadounidenses suelen estar tan absorbidos por su trabajo que tienen pocas actividades fuera de él, y que California es indudablemente un territorio estéril en cuestión de relaciones sociales, pero ¿deberíamos congeniar con la Sra. Kistler? En un estado donde hay tanta preocupación por la dieta, no es extraño que un pan elaborado con harina de trigo refinado, con gluten, no figure en muchos regímenes. Mejor unos molletes de espelta integral. Y en el estado número 1 en lo relacionado con el vino, ofrecer té y café a sus invitados parece excesivamente puritano. Seguramente, si la señora hubiera ofrecido queso, embutidos, tortilla, y un buen vino californiano, y tal vez música de salsa, sus invitados se habrían convertido en amigos de toda la vida en cuestión de minutos. Incluso hubieran bailado.

Por mucho que Kistler deseara entablar nuevas amistades, uno no es solo lo que come, sino lo que ofrece de comer.

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