De informático estresado a sushiman premiado: la metamorfosis de Carlos Navarro

Carlos Navarro es uno de los sushi man más afamados de todo el país.. / Alba Rodríguez

Con 40 años, Navarro dio un giro radical a su vida y abandonó el mundo de la programación por la cocina japonesa, en la que ha crecido tanto que ahora es un sushiman reconocido

Pilar R. Quirós
PILAR R. QUIRÓSMálaga

Su padre escribió la letra ‘E’ en el flamante ordenador Apple 2 Europlus que se había comprado a principios de los 80. Un ‘eureka’ de esos que aparecen en los cómics se encendió en su pequeño cerebro de adolescente, 12 años. «¿Cómo era posible que eso pasase», se preguntaba Carlos Navarro, hoy día uno de los sushiman más afamados de todo el país y condecorado por el propio país del Sol Naciente en el Campeonato del Mundo de Sushi 2016.

Así, a simple vista, quien no le conozca le intuirá como un hombre tranquilo, relajado. Pero detrás de esa sonrisa llamativa y ese entornar los ojos, quizás algo achinados, se esconde una personalidad inquieta, creativa. Como lo de los ordenadores en los años 80 era casi de ciencia ficción, a su padre le ofrecieron un curso para aprender a manejarlo con el objetivo de servir como soporte a su trabajo de perito industrial en su propia empresa de puertas automáticas. Entonces Carlos le pidió encarecidamente poder ir al cursillo, y allí que se sentó con un montón de gente de 40 años en una academia en la plaza de Uncibay todo un verano en un curso de programación BASIC, del que sacó un 10 en el examen. «Siempre fui un niño curioso, que le han gustado las cosas nuevas, me aburre la rutina y me llama la atención el proceso creativo, investigar, explorar, indagar. Creo que explorar es una palabra que me define muy bien», explica dando ya uno de los titulares de su vida.

Navarro, tras recoger su mención en la final de la World Sushi Cup 2016. Con su hermana, la campeona del mundo de pádel Carolina Navarro. A la derecha, el sushiman en una imagen antigua. / SUR

Tras el curso BASIC le hizo a su padre varias correcciones en un programa de contabilidad y al progenitor «se le caía la baba, evidentemente». Tras el hallazgo, los Reyes Magos llevaron debajo del brazo un ordenador Spectrum, que acabó siendo su inseparable amigo. Estaba todo el día con él, dormía con él al lado, a los pies de su cama para ser más exactos. Estaba enganchado. Así que sus padres para quitarle el ‘vicio’ le ponían pruebas: por cada hora de ordenador tienes que dar una vuelta a una manzana de 10 minutos o hacer tal cosa u otra, pera ir distrayéndole de su ‘droga’. «Cada vez hacía más experimentos, que saciaban mi espíritu explorador de mil maneras y cada vez quería más». Llegó su primer PC con 16 años, y Navarro seguía programando hasta que llegó el segundo PC con 18 y el IBM PS2. Con este background de pantallas era obvio que se encaminaba a una licenciatura de Informática que, sin embargo, nunca terminó. Creó su primera empresa informática ARCOD, con 21 años, con la que hicieron su socio y él un sofisticado programa de Cardiología para 200 hospitales. Después, el sistema de subastas de la Lonja de Málaga. Y de ahí a montar en el 93 el segundo servidor de Internet en Málaga, cuando la misma palabra Internet sonaba a ‘encuentros en la tercera fase’, esa herramienta que usa la NASA.

De ahí pasó a director de informática de una gran empresa con 30 años, otra nueva empresa RDSI 2000, y otra, Plaza&Bjork Consultores por la que en 2003 programaba e implantaba sistemas en múltiples empresas y de distintos sectores. Pero llegó un momento en que tanta tecla le saturó. Se acabó su entusiasmo. «Como dábamos soporte (es decir arreglo ordenadores y de la red) llegó un momento en el que sólo me llegaban los problemas. Mi vida profesional era gris».

En paralelo a las pantallas había desarrollado desde principios, también de los 80, un enorme entusiasmo por la cultura japonesa a raíz de la serie televisiva Shogun. «Fue igual que cuando vi a mi padre que escribía la letra E, el mismo flash». Ahí tenía unos 10 años y empezó a devorar todo lo japo que encontraba, el sushi, el pescado crudo. A finales de los 90 empezó a practicar con el arroz, y sus inicios fueron un poco desastre. Ríe contándolo. Poco a poco fue mejorando y empezó a tener de cobayas a sus amigos probando sus platos, hasta que la técnica fue in crescendo y daba gloria comer alguna de sus elaboraciones. Ahí uno de sus amigos le dijo que por qué no cocinaba a domicilio. Corría el año 2003. «Yo seguía trabajando en la informática. Esto lo hacía por hobby. La primera vez que fui a cocinar sushi fue a casa de unos japoneses. Lo hice con más miedo que vergüenza y les gustó. Prueba superada. Uff», pensó.

Y de ahí a un curso en Madrid, clases Pepekitchen y se lanzó por fin a hacer barras de sushi en bodas. Y tanto, tantísimo le gustaba que mandó en 2013 la informática «a tomar por culo. Upss se me ha escapado. Let´s roll», explica guasón. Se dedicó profesionalmente a hacer barras de sushi en Azul (Inaqua), montó un chiringuito en Guadalmar, Nasük. Y de ahí a ‘The Wine’, en Marbella siendo jefe de partida (sección de sushi) con Kengo Tomita, que le enseñó otros platos de la cocina japonesa tradicional y aprendió un buen abanico de técnicas.

En todo este tiempo, nadie lo ha contado pero así es, Carlos había llegado a tener mucho peso, obesidad mórbida, así que sólo quedaba la operación. Su reducción en un año fue de 80 kilos. Todo un cambio de imagen y de mejoría de salud. Y este cambio, este nuevo karma le llevó a enseñar cocina japonesa y a lanzarse el año pasado al Campeonato del Mundo de Sushi. El famoso restaurante ‘El Trocadero’ le ayudó a financiarse porque para participar necesitaba una partida de 6.000 euros. Pasó la fase eliminatoria de 50 a 20. «¡Genial!», exclama. Pero no se lo esperaba esa misma tarde tuvo que ir corriendo comprar la vajilla y otros ingredientes que le hacían falta para su sushi creativo. Como no encontraba alcohol para quemar tuvo que comprar acetona para hacer su kabanoki (abedul), un plato que mezclaba con sake y envolvía en un papillote de aluminio, que estuvo ardiendo 7 minutos en vez de 4 porque la acetona es más lenta. Y pasó cierto susto. Pero fue cuando lo envolvió en fuego cuando volvió a aparecer esa palabra en su cerebro ‘eureka’, y todos se volvieron a observar su plato. Quedó fantástico de sabor y logró la primera vez que se presentaba a la prueba una Mención Especial de Jurado. Algo impensable. Desde entonces es uno de los sushi man más reputados del país, y como siempre necesita una ‘droga’ natural para engancharse a los proyectos, la nueva se llama ‘luluina’. Se sonríe. ¿Y eso qué es? «Lucie, mi chica», apunta. «Desde hace tres años ella me empuja, me anima; soy muy afortunado». La historia de la vida de Carlos Navarro tiene una moraleja: se puede cambiar si uno tiene el arrojo y el entusiasmo de empezar de nuevo y abandonar lo conocido. Y a veces hasta sale bien.

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