Dani García y Lord Byron

Dani García y Lord Byron
BENJAMÍN LANA

Las madres no siempre tienen razón, pero en lo que se refiere a sus vástagos suelen opinar sin atender a más motivo que su bienestar, al menos las buenas madres, que son la mayoría. La de Dani García no entiende que su hijo haya alcanzado el sueño de su vida en noviembre –conseguir las tres estrellas Michelin para el restaurante que lleva su nombre–, y al cabo de unas horas renuncie a vivirlo en plenitud. Ella está muy enfadada, pero seguro acabará poniéndose de parte del chico, como todas las madres, y hará un esfuerzo para entender por qué después de 20 años tratando de ganar un Roland Garros de la cocina decide abandonar el tenis con el que siempre soñaba. ¿Acaso ya no le interesaba jugar en tierra batida sino solo la copa? Por qué tras cortejar durante toda su vida a la dama de sus sueños renuncia a vivir con ella al día siguiente en que doblega su voluntad y ella le dice sí, sea, y acepta el casamiento.

El hijo, el niño, dirían en Málaga, ha pegado un revolcón severo a la guía francesa dejándola con el culo al aire, aunque la decisión de adelantarles la noticia 24 horas sea de hombre decente y también su insistencia pública de que no renuncia a unas estrellas que seguirán en su corazón. Ha pegado otra cornada no menos severa a su tierra andaluza, a la que anuncia quiere defender con sus nuevos proyectos, a la que le brillaban los ojos al pensar que iba a tener dos puntas de lanza poderosas –Dani García y Ángel León– para que su proyecto colectivo de vincular la región con la mejor gastronomía mundial ayudara a su oferta turística y defendiera a su estratégica industria agroalimentaria. Quizás también, sin ser del todo consciente –o sí– le esté haciendo un buen roto al proyecto empresarial con el que tan cómodo navegaba en estos últimos años después de haber pasado las de Caín en anteriores aventuras, y a los propios miembros de su equipo, llorosos ayer al escucharle dar la noticia, y que quizás no quieran quedarse a trabajar en un restaurante de chuletas, que es lo que será en un año el Dani García de Puente Romano, ni salir de Marbella a un proyecto nuevo sin aspiración de 'champions'.

Al final, sin embargo, lo importante no es Dani en relación con su tierra, ni con su empresa, ni siquiera con su equipo, sino Dani en relación consigo mismo. Poco se le puede reprochar si considera que va a sustituir «el sueño cumplido» por otro objetivo «cien mil veces mayor», como afirma.

Desde la barrera, que es el sitio desde todos menos él miramos este asunto, parece una decisión impregnada de romanticismo, rotunda y casi insolente, como si en aquellos sueños que no le dejaban dormir en Lisboa, cuando ganó su preciada estrella, se le hubiera aparecido Lord Byron y actuase, una vez más, guiado por su corazón y no por su cabeza. El tiempo dirá si la corazonada era buena. Suerte.

Viene de...