Cocina entre rejas

El mundo en la mesa

A. J. LINN

Hay quienes no tienen opción a la hora de elegir dónde comer, y los abogados belgas de Puigdemont han motivado que se levante el velo sobre el régimen alimentario de las cárceles españolas. Parece que no se come mal, aunque el presupuesto diario de 3,66 &euro diarios por preso no da para mucho. En casi todos los centros penitenciarios son los internos quienes se ocupan de las tareas culinarias, aunque no se prescinde de catering externo en algunos casos. No falta el entusiasmo para meterse entre fogones, y en otro procedimiento judicial español la semana pasada, el del caso Gürtel, un encausado, Francisco Correa, pidió acabar cuanto antes con su declaración para volver al curso de cocina al que se había apuntado en la prisión. En los penales europeos y estadounidenses el sistema es igualmente autogestionario, y con frecuencia existen huertos para abastecerse de verduras y fruta. La costumbre de fomentar el desarrollo del talento culinario de los que se encuentran entre rejas ha dado un salto adelante en algunos países. La cárcel de Brixton (Inglaterra) tiene un restaurante abierto al publico. Son los mismos presos quienes preparan y sirven la comida en 'The Clink'. Casi todo el personal se ha formado en la cárcel. Los clientes no tienen permitido preguntarles por el motivo de su condena, según se cuenta, debido a que, antes de implantar esta norma, un cocinero respondió a un cliente que él ya era chef profesional, y que su encarcelamiento se debía al hecho de que había decapitado a su segundo de cocina. En EE UU, el restaurante carcelario más famoso es el Serving Time Café (Utah), distinguido hasta hace poco por su servicio cien por cien femenino. A pesar de ser de comida rápida, parece que algunos clientes no tenían prisa en irse.

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