¿Y si la cocina fuera el eslabón?

Hay quien defiende que el hecho de empezar a cocinar fue lo que permitió que el cerebro del ser humano se desarrollara

Esperanza Peláez
ESPERANZA PELÁEZ

Hace medio siglo, el antropólogo francés Claude Levi-Strauss aventuraba, al escribir que «el hombre es el único animal que cocina», que transformar los alimentos era uno de los hechos diferenciales de la especie humana. Luego ha llovido mucho, particularmente en la gastronomía, donde todo va muy deprisa. Incluso han surgido movimientos como el crudivorismo, propugnando un retorno al elemento natural basado en la transformación mínima de los alimentos. En su fascinante libro, ' (''), el primatólogo Richard Wrangham defiende que fue el hecho de empezar a cocinar lo que permitió que el cerebro del ser humano se desarrollara, gracias a diversos factores, que van desde un mejor aprovechamiento de los nutrientes, a la consecuente disminución del aparato digestivo en favor del crecimiento del cerebro. Wrangham cita experimentos que muestran que los animales también prefieren los alimentos cocinados a los crudos, y comen (y engordan) más si se les presentan así. Podría decirse que no tener que moverse para conseguirlos contribuye a un mayor provecho, pero el hábito de enterrar bellotas o huesos entre las ardillas o los perros, parece tener una finalidad pre-gastronómica, o al menos nutricional, más allá del objetivo de esconder sus tesoros de posibles competidores: La fermentación o la corrosión es una suerte de 'cocinado' por medio de la acción de distintos microorganismos. Sería un consuelo que el hecho de cocinar pudiera ser el eslabón perdido en la evolución del mono al ser humano (a estas alturas, aunque la Real Academia haya desterrado el 'todos y todas', me niego a excluir a las mujeres de la evolución y del hecho culinario diciendo 'del mono al hombre'). Invitaría a pensar que la magnificación del hecho gastronómico en el mundo opulento anuncia otro salto evolutivo. Aparte de consideraciones científicas, el verdadero salto se produjo cuando la comida cocinada empezó a compartirse en un espacio como la mesa y a dar pie a conversar y estrechar lazos.

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