Clientes contra la excelencia

Clientes contra la excelencia

Esperanza Peláez
ESPERANZA PELÁEZ

Me crié en un tiempo en que la mayoría de las familias salíamos a comer a restaurantes solo en ocasiones especiales. Con motivo de un cumpleaños, mis padres quisieron que probáramos un chuletón de verdad, y nos llevaron a un sitio famoso por la calidad de las carnes a la parrilla y por el mal genio del dueño. Mi padre ya nos había advertido de que allí el único punto posible para la carne era el que aquel señor considerara oportuno. Lo que no sabía era que también se negaba a servir la carne con nada que no fuera vino tinto, independientemente de que, como en aquella mesa, la mayoría de los comensales fueran niños. Recuerdo que la carne estaba muy buena y que me hizo ilusión probar el vino tinto, pero nunca volvimos al restaurante, y por lo que supimos, no tardó en cerrar, derrotado, imagino, por tantos clientes confabulados contra la excelencia. Hace unos días recordé aquella anécdota cuando tuve que ir a una cafetería a comprar unos cafés para llevar. El local trabaja cafés de especialidad, y el barista, muy solícito al principio, me hizo toda suerte de preguntas sobre la variedad, el tipo de tostado y el modo de infusión que quería. El problema llegó cuando le hice notar que tres de los cuatro cafés los había puesto en vasos muy pequeños y sin tapadera. «Si se tapan, se malogra el aroma», dijo. Y yo: «Pero tengo que cruzar media Málaga y se van a derramar». Tras una argumentación lo bastante larga como para que los cafés se quedaran fríos, el dependiente los volcó en los vasos adecuados y colocó las tapaderas con indisimulada indignación. Trabajar de cara al público es difícil. Te desvelas por dar el mejor producto y hay gente que no es capaz de apreciarlo. Puede ser. O puede ser que en esta nueva era de culto al producto se nos esté olvidando que en la hostelería y en cualquier otro negocio lo primero son las personas. Si presumes del mejor género, no estaría de más que el trato estuviera a la altura. Por supuesto que el cliente no siempre tiene razón, pero suele tener sus razones, hasta cuando malogra ese momento de placer sublime que queremos ofrecerle.

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