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Sobre cómo convertir clientes en amigos

Las Gaviotas, en Rincón de la Victoria, cuenta con una nómina de comensales fieles a la calidad del género y el ambiente familiar
20-07-2012 - Alberto Gómez
Sobre cómo convertir clientes en amigos
Vista de la entrada a 'Las Gaviotas'.

Cae el sol sobre el Rincón de la Victoria y el viento ofrece un pequeño armisticio. Se ha convertido en una brisa agradable. Degustar entonces un espeto de sardinas con el mar al fondo traspasa el simple acto gozoso.

«Deberías haberlo llamado El Paraíso, no Las Gaviotas», cuentan que recriminó Manuel Alcántara a Antonio Manzano, propietario del chiringuito donde nos encontramos. Y regresa el recuerdo del poema de Aleixandre: «Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos. / Colgada del imponente monte, apenas detenida / en tu vertical caída a las ondas azules, / pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas…».

María Martín, una de las precursoras de los negocios a pie de playa en la costa malagueña, fundó su propio merendero en 1947, ubicado en la playa de la Misericordia. Allí, entre pescado y verduras frescas, se crió su hijo Antonio. La simiente de la hostelería playera ya estaba plantada en él. A mediados de los noventa un grupo de amigos pensó que sería buena idea montar una caseta donde organizar verbenas con familiares y conocidos. Cuando la concesión fue aprobada, uno a uno, todos fueron saliendo del proyecto; solo quiso seguir adelante Antonio Manzano, el hijo de María, hoy dueño de Las Gaviotas.

Aquel puesto donde servir comida, fabricado de cañizo y al único abrigo de unas cuantas sombrillas, pasó a ser una carpa, y de ahí se amplió unos cuantos metros más. El boca a boca hizo el resto. «Yo nunca he hecho publicidad de mi negocio», sentencia Antonio. Y lo cierto es que sirve una breve visita para cerciorarse de que la relación con sus clientes dinamita los límites profesionales para acunarse en lo afectivo. Es raro el comensal que llega a Las Gaviotas de paso; casi todos son amigos de la familia, vecinos del Rincón, clientes de toda la vida a quienes traían sus padres y que hoy vienen acompañados por sus hijos.

Hace ya algunos años un ictus interrumpió la labor de Antonio al frente del chiringuito. Desde entonces es su hijo Juani quien permanece a cargo del negocio, a pesar de que su padre sigue supervisando cada detalle. Entre ambos se ocupan de las compras en el mercado Central, donde Antonio trabajó durante años y donde acuden cada día a las seis de la mañana para elegir el mejor género, y permanecen juntos hasta el cierre, a veces dieciocho horas después del inicio de la jornada. «Es un trabajo que produce mucho estrés, apenas hay descansos», comentan. Porque las noches en La Gaviota son incluso más célebres que las comidas a la luz del día: su ubicación privilegiada y el agradable clima que preside el merendero una vez que el sol se ha ido lo convierten en el lugar idóneo para compartir una cena.

De su carta destacan los pescados a la brasa y a la plancha, pero también el típico pescaíto frito y el marisco. Gambas, cigalas, langostinos, coquinas, almejas o gusanos sirven de entrada a pescados más grandes como doradas, rapes o rosadas. «Para nosotros es fundamental la calidad de los productos», aseguran. Se lamentan del mal hacer provocado por la bajada de precios en algunos locales. Señalan un plato de calamaritos y continúan con la explicación: «Tienes dos opciones, o compras buen género y lo pones a un precio razonable o en lugar de calamaritos ofreces bolas de harina frita y lo vendes como si fuera una ganga. Nosotros elegimos lo primero».

«Mis sardinas son de Málaga, no de Castellón», presume Antonio. José Luis Garci, Marta Sánchez, Estrella Morente o Javier Conde son algunos de los miles de clientes que han dado fe de ello. A pesar de todo, la crisis hace estragos y los tres últimos años han sido los peores desde que el negocio abriera. Del lleno diario han pasado a ocupar todas las mesas no más de dos días a la semana.

Con el viento en contra, Las Gaviotas seguirá forjando cada día ese carácter familiar que ha convertido a sus clientes en amigos. Luego llegará septiembre para clausurar la felicidad estival y los toldos se bajarán hasta la nueva temporada. Pero ese es un horizonte que hoy, por suerte, aún parece muy lejano.

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