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Restaurantes en Malaga

La playa como una forma de vida

Alberto Santos llegó desde Lavapiés a Málaga para tratar una dolencia; hoy posee uno de los chiringuitos más célebres de Fuengirola
18-08-2012 - Alberto Gómez / Alejandro Díaz
La playa como una forma de vida
Alberto Santos lleva toda una vida en la hostelería playera.
Los chiringuitos son un distintivo de la Costa del Sol; sus orígenes están ligados en muchos casos a familias de pescadores que durante la posguerra decidieron abrir pequeños merenderos en la arena. Pero no siempre fue así. Durante aquellos años difíciles, de escasez, sin el más mínimo atisbo de  actividad turística, también llegó gente de otros lugares del país buscando una oportunidad en las costas malagueñas. 
Alberto Santos es uno de esos casos. Novillero en su juventud y trabajador de la cerámica, una dolencia derivada de su oficio le obligó a retirarse temporalmente. Fue entonces cuando eligió el mar Mediterráneo como destino terapéutico. El salitre resultó beneficioso para su salud y decidió instalarse definitivamente en la provincia de Málaga. 
Y así, sin ningún descanso, en jornadas de trabajo que se prolongaban hasta bien entrada la noche, Santos levantó un negocio que hoy es uno de los referentes de la hostelería fuengiroleña. Situado en pleno paseo marítimo, y fundado en el año 1988, su chiringuito, homónimo, ofrece un trato amistoso a quien se acerca a degustar cualquiera de sus variedades culinarias y una carta tradicional en la que las paellas cobran un peso fundamental. 
Santos todavía recuerda cómo en sus primeros años en la costa el turismo no era un negocio estable, sino especialmente duro e incierto. Un abismo, el que separa aquella época del presente y al que Santos se asoma para contemplarlo con respeto. Reconoce que, aunque hoy son muchos los que desearían abrir un negocio en la playa, antes muy pocos estaban dispuestos a hacerlo. 
«Hace unos años nadie quería hacer este trabajo», sentencia. En efecto, la historia de los merenderos está repleta de dificultades, complicaciones burocráticas y sacrificio. Levantados a base de cañizo y toldos de tela, no en pocas ocasiones esos primeros chiringuitos fueron objeto de pequeños hurtos y ocupaciones. Santos lo sabe bien: él mismo tuvo que dormir numerosas noches en aquella instalación primaria para disuadir a los ladrones. 
Cuando, a finales de la década de los 80, los merenderos tuvieron que esperar las nuevas licencias para poder reabrir sus puertas, Santos ya contaba con casi 15 años de experiencia en el sector. De hecho, hoy es delegado en Fuengirola de la Asociación de Empresarios de Playas de Málaga. En la actualidad, sus perspectivas de futuro quedan a merced de la concesiones exigidas a la Junta de Andalucía y de la petición de una mayor implicación por parte de las instituciones locales. Santos se lamenta de que los chiringuitos, uno de los mayores atractivos para el turismo nacional e internacional, no se vean del todo respaldados y encuentren en su camino numerosos obstáculos. 
Los chiringuiteros son conscientes de las dificultades que entraña la estacionalidad del sector turístico, así como la erosión causada por las subidas impositivas de los últimos años. En su mayoría reacios a incrementar los precios en sus cartas como una de las estrategias para combatir la crisis, los esfuerzos por mantener el negocio se hacen especialmente complicados durante los meses de invierno. Sin embargo, Santos, al igual que muchos de sus colegas, se reinventa para mantener abierto el merendero todo el año. 
María del Carmen, su mujer, siempre le ha acompañado al frente de la cocina. Los clientes más fieles de Chiringuito Alberto destacan su buen hacer en la freiduría y sus magníficas paellas, el mayor reclamo gastronómico del negocio. A punto de jubilarse, el futuro está garantizado gracias a sus cuatro hijos. «Si nos quitaran el trabajo en la playa, nos arrebatarían toda nuestra vida», asegura Santos, nacido en el barrio madrileño de Lavapiés.
Alberto Santos espera solventar pronto los quehaceres burocráticos y propone trabajar mano a mano con los políticos, con la esperanza de que todas las partes se vean beneficiadas por la experiencia común. Mientras, el teléfono de su merendero no para de sonar. Numerosos turistas llaman para encargar las célebres paellas de María del Carmen y degustar sus espetos. El comedor está repleto y Alberto lo observa orgulloso. Muchos de los que están ahí se han convertido ya en parte de su propia historia en la Costa del Sol; una historia con altos y bajos, pero siempre resuelta con el esfuerzo y la gratitud del trabajo bien hecho. 
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