Chapeau, Dani

Chapeau, Dani

«Es innegable que subiendo el rango Michelin, el perfil del cliente se transforma hasta que sólo quedan fríos 'entendidos' »

ANDREW J. LINN

La noticia gastronómica de la semana ha sido la decisión de Dani García de convertir su restaurante homónimo, recién galardono con tres estrellas Michelin, en un steakhouse. Seguramente haya vislumbrado que su futuro profesional consistiría en algo poco alentador: pasar décadas entre fogones para complacer a los 'michelinófilos'. No faltan historias de cocineros que se desloman en jornadas de 18 horas para ganar una estrella o no perder las que tengan. Y es innegable que subiendo el rango Michelin, el perfil del cliente se transforma hasta que sólo quedan fríos 'entendidos'. Una prueba más de que las sacrosantas tres estrellas podrían llamarse tres estreses. Habrá otros cocineros en situaciones análogas a la de Dani, aunque no se atrevan a apartarse. Pero como él dice, «no puedo renunciar a mis sueños por lo que piense Michelin o la gente de Marbella, tengo otros objetivos y estoy en mi derecho». En fin, Dani parece no estar motivado por la fama ni por la gloria, y ciertamente ganará más pasta llevando un restaurante popular que un tres estrellas. Quiere trabajar a su manera para la gente normalita, sin aprietos. No está dispuesto a someterse a la lupa de una guía que se saca provecho de la autoridad que ejerce sobre cocineros y restaurantes. Los años de aprendizaje de Dani fueron ásperos, y por su falta de experiencia cometió errores. Salió mal parado de alianzas con socios que quisieron aprovecharse de un muy dotado cocinero con poco talento para los negocios. Ha dicho: «Basta, desde ahora voy a hacer las cosas a mi manera, y si no os gusta, me da igual». Aplausos y mucha pasta, es decir, leña.

 

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