Armando Herranz trae el alma de Frutos a Málaga

Armando Herranz, en su nuevo restaurante Lereo./Migue Fernández
Armando Herranz, en su nuevo restaurante Lereo. / Migue Fernández

El hijo del prestigioso restaurador abre en la capital Lereo, donde busca mantener su legado con una apuesta por la «cocina de siempre» y el producto

Marina Martínez
MARINA MARTÍNEZ

La idea le rondaba en la cabeza desde hace años. Ya en 2012, le surgió la oportunidad, pero el intento fue frustrado. Y a la segunda fue la vencida. Armando Herranz ha conseguido echar a andar con restaurante propio en Málaga. En la calle Compositor Lehmberg Ruiz, para más señas. Lereo lleva por nombre, y en él se deja ver el alma de su padre. Porque a más de uno le sonará el apellido, sí, Armando es hijo de Frutos Herranz, referente de la restauración en la Costa durante más de medio siglo. Tras su fallecimiento, hace catorce años, él tomó las riendas del famoso Frutos de Torremolinos. Hasta hace unos meses, cuando su hermano le cogió el relevo para que él pudiera empreder su propio camino y poner en macha este nuevo negocio en el local que ocupara La Taberna del Herrero. Lo inauguraba en diciembre, aunque no es hasta ahora cuando realmente está cómodo. «Empezamos tímidamente, no fue fácil, pero aguantamos el tipo. Hoy puedo sacar pecho por mi restaurante», reconoce Armando Herranz, que ahora respira más tranquilo con Miguel González –junto al que ya trabajó en Frutos– como cómplice al frente de los fogones.

Confía en el equipo y en un «producto de primera calidad» por el que apuesta desde el minuto uno. No sabe hacerlo de otra forma: «Tanto mis hermanos como yo somos víctimas de las enseñanzas de mi padre. Siempre hemos querido mantener su nombre y continuar la tarea que él emprendió». Y en Lereo también se refleja ese legado de Frutos con una firme apuesta por el producto, pero también por el comensal. «Nuestra intención es crear un buen clima, que el cliente se sienta como en casa, marcando la diferencia ahí, en el trato».

Se divide en tres espacios con taberna, comedor y una barra como plato fuerte

Tiene las ideas claras Armando Herranz. Sabe de lo que habla. Le avala su extensa trayectoria, también los genes. «Ser hijo de quien soy es una responsabilidad, requiere un alto nivel de exigencia, pero no niego que al mismo tiempo supone una gran ventaja, mi padre es una marca», admite con humildad el restaurador, en referencia a todos esos clientes de Frutos, algunos ya amigos, que no han tardado en probar esta nueva propuesta basada en la «cocina de siempre, noble, con platos reconocibles». Ahí, por supuesto, entra la ensaladilla rusa, pero también la despensa malagueña, con carnes como el chivo, la parrilla o el 'cuchareo'.  Incluso en pequeño formato. Ese pretende ser uno de los platos fuertes de Lereo. Herranz ha acometido una importante reforma en el local para darle «más luminosidad e importancia» a la barra y potenciarla con una oferta que incluye desde «grandes guisos» hasta tapas más creativas.

Y es que, como recuerda el restaurador, se trata de tres restaurantes en uno. Además de ese tapeo de barra, Lereo cuenta con un espacio de cocina informal, tipo taberna, y otro de restaurante como tal. «Estamos en pleno barrio financiero, hay oficinas, entidades bancarias, clínicas... No estamos en pleno centro, pero es igualmente lugar de paso, tenemos que dar respuesta a todos esos perfiles de clientes», considera Armando Herranz, que precisamente ve en la ubicación una ventaja: por un lado, porque se aleja de zonas céntricas más masificadas y, por otro, porque permite un mayor equilibrio entre costes y precios. Confía no sólo en la cocina, sino también en una «buena oferta de vinos» y unos tanques de cerveza especial no pasteurizada, que «suaviza la sensación de hinchazón».

Intenta que todo sume. Por ello hace pruebas día a día. Los callos de bacalao que cataba unas horas antes de la entrevista aumentan su confianza en un proyecto en el que ya ponía su ilusión antes de hacerse realidad. Sabía que alguna vez bautizaría su resturante como Lereo. Esa palabra que casualmente surgió un día durante una fiesta, «no sabemos cómo ni por qué», y que desde entonces se ha incorporado a los brindis en familia y entre amigos. A partir de ahora, brindarán por algo más que una palabra.

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